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Harvard Review of Latin American
1 Abril 2011

Bovinas, rotativa y ...iPad la creación del diario Página Siete en Bolivia

Durante mi estadía en EEUU cursando la beca Nieman para periodistas en la Universidad de Harvard, seguí de cerca la crisis de los diarios. En ese país, desde mediados de la década pasada, los despidos de periodistas, las reducciones de cantidad de páginas de los periódicos, las disminuciones de sueldos de los reporteros, la caída de la publicidad, etc., son el triste reflejo de la crisis del periodismo impreso. Esta se debe fundamentalmente a la competencia del internet, que hace que la población se informe gratuitamente mediante esa vía, en vez de hacerlo pagando por comprar un diario o una revista. Volví a Bolivia a mediados de 2008 con la idea de que el futuro del periodismo (¿el presente?) se basa en usar internet y que las publicaciones impresas están destinadas a ser una rareza que podrán solventar solamente los ricos. ¿Y qué hice poco después de llegar? Ayudar a fundar un diario tradicional. Con bobinas de papel, rotativa y todo.

Parece una contradicción pero no la es totalmente, Primero, tengo 20 años de hacer periodismo impreso y es normal que procure seguir haciéndolo. Segundo, el acceso a internet es reducido todavía en América Latina y especialmente Bolivia, por lo que la crisis no es tan inminente; tercero, los diarios en Bolivia siempre trabajaron en condiciones de estrechez económica, a diferencia de sus colegas norteamericanos, lo que los obliga a una mayor eficiencia; cuarto, creía genuinamente que había un espacio en el mercado de diarios de La Paz debido a dificultades de credibilidad del periódico líder de la ciudad, La Razón. Quinto y más importante, porque estaba seguro de que teníamos que imaginar en el corto y mediano plazos un sistema para, gradualmente, dejar el papel y desplazarnos hacia el mundo digital.

Mi obsesión era en ese entonces la misma que he tenido durante mi carrera: como informar mejor a la gente, lo que significa matizar los hechos, profundizar más, contrastar las opiniones dominantes, procurar dar a conocer los contextos en los que suceden los sucesos, ayudar a encontrar los colores grises de la paleta informativa (y eludir los negros y blancos) y ser profundamente pluralista e independiente. Creía que un diario así era necesario en Bolivia, un país mediterráneo de diez millones de habitantes ubicado en el corazón de Sud América y que atraviesa por un período de profundas transformaciones. El presidente Evo Morales, que está en el sexto año de su mandato, ha tomado una serie de medidas a favor de los sectores indígenas –que representan más de la mitad de la población– pero su retórica agresiva contra la oposición y los empresarios ha agravado la polarización política. También ha expulsado del país al embajador de EEUU y mantiene una fuerte alianza política y económica con el presidente venezolano Hugo Chávez.

Estaba claro lo que buscábamos y el escenario en el que nos movíamos. Pero primero había que imaginar un modelo de empresa que se sustentara económicamente.

El Presidente de la compañía, Raúl Garáfulic, y yo debatimos mucho, antes de lanzar el diario, sobre la crisis de los impresos. Por es sabíamos que nuestra versión en internet tenía que ser fuerte y versátil. Intuíamos que usar las nuevas tecnologías era imprescindible desde prácticamente el principio de nuestro proyecto. Por entonces, (mediados de 2009) el iPad empezó a convertirse en un fenómeno de ventas y los grandes diarios del mundo comenzaron a ver al novedoso aparato como una tabla de salvación. Con todo eso en mente, no sabíamos exactamente cómo crear una empresa que, primero, publique un diario que ayude a reflejar mejor la realidad boliviana; y segundo, que sea un modelo de negocios viable y autosostenible. Pero mientras más hablábamos de iPads y nuevas tecnologías, más parecíamos entrar en un círculo vicioso de no encontrar la forma de cómo financiar las operaciones. Como se sabe, salvo excepciones, los soportes de los medios en internet de todo el mundo todavía no logran financiarse. Ni el New York Times, que tiene 150 millones de visitas anuales. ¿Cómo haría un modesto diario en el país más pobre de Sud América?

Fue entonces que Garáfulic pensó que no había que pensar cómo financiar la versión en iPad del periódico, sino el aparato en sí. Era un cambio en la forma de pensar el negocio: la empresa ayudaría a distribuir los iPads como tales, no sólo el contenido periodístico en ese soporte. Se negoció largamente con Apple el derecho de ser un distribuidor oficial de estas tabletas. Paralelamente, el periódico manejó con bancos locales esta idea: serían ellos los que venderían, a tres años plazo, la versión 3-G de los iPads (es la más cara, cuesta al contado unos 800 dólares en EEUU, pero tiene conectividad en las principales ciudades bolivianas, y dentro de ellas en casi todos los barrios, lo que elude la baja llegada del internet). Los interesados suscribirían un pequeño crédito de consumo, que en Bolivia no requiere una garantía. Casi medio millón de personas en el país recibe su sueldo a través de depósitos en cuentas bancarias y todos ellos se convertirían en clientes elegibles. Otro dato interesante es que en el país existen casi 200.000 usuarios de celulares tipo smartphone, es decir el nicho de mercado preciso para esta idea. La oferta sería la siguiente: el interesado, a través del banco, paga 140 dólares de pie y luego se suscribe, durante tres años, a la versión iPad del periódico, por 35 dólares mensuales. Se puede decir que el lector se está suscribiendo por tres años a nuestro diario, y que, de paso, recibe un iPad. O que el interesado está comprando un iPad a tres años plazo… y tiene de regalo la suscripción.

La aplicación funciona así: el nuevo suscriptor, al encender su iPad, lo primero que ve es la edición de nuestro diario. Esta iniciativa se basaba en los siguientes criterios: uno, en Bolivia el acceso al crédito es relativamente difícil y, por lo tanto, facilitar al lector comprar un aparato a plazos es algo interesante; dos, entre las clases medias y altas, pero sobre todo entre la media-baja, existe un gran interés por acceder a las nuevas tecnologías. Los padres de familia identifican a la computadora y a internet como una vía para mejorar la calidad educativa de sus hijos y ayudar a su futura inserción en los estudios universitario o mundo laboral; y específicamente el iPad, con sus hermosas aplicaciones, es un aparato deseado por millones de personas en el mundo y obviamente Bolivia no está al margen de esa moda.

La idea es económicamente viable, tiene un enorme potencial, aumentará nuestros lectores grandemente y ayudará a aterrizar a un modelo de empresa que no ha cambiado mucho desde el siglo XVIII a uno propio del siglo XXI. Página Siete espera vender, progresivamente, hasta 10.000 iPads por año. Es decir que tenemos la aspiración de ser el diario de mayor llegada del país en breve. Calculamos que, si todo va bien, dentro de tres años dos tercios de nuestros lectores nos seguirán por las nuevas tecnologías y el resto en papel. La distribución de iPads empezó lentamente en enero de 2011. Para entonces Página Siete había cumplido casi un año y se había posesionado claramente como el segundo diario en importancia en La Paz , tanto en ventas como en influencia. El tiraje dominical bordea los 10.000 ejemplares, un tercio de la circulación del periódico líder.

Yo confío en que este modelo de distribución de información no sólo hará de Página Siete un diario más leído y más sólido financieramente. También creo que es una idea que otros periódicos pueden usar.

Mientras tanto, ya sea en papel o iPad, buena parte de los objetivos que nos impusimos al inaugurar el periódico se han cumplido adecuadamente. En primer lugar, Página Siete tiene el más plural y competente equipo de columnistas del país. Muchos de los intelectuales más importantes de Bolivia escriben para el periódico. Segundo, varios de nuestros reportajes e investigaciones han causado importantes repercusiones. Descubrimos, por ejemplo, que una presa de nacionalidad peruana había sido mantenida 60 días encadenada a la cama de su celda, como una forma de castigo. La publicación del hecho hizo que las autoridades aprobaran un nuevo reglamento de cómo tratar a los internos en las cárceles, fueron despedidos los responsables y la Defensoría del Pueblo inició un plan de defensa de los derechos humanos en los centros penitenciarios. Para eso debería servir un diario.

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